La Fundación Alberto J. Trabucco, constituida por la Academia Nacional de Bellas Artes con fondos provenientes de un legado instituido a su favor por el distinguido artista cuyo nombre lleva, ha elaborado un plan de acción cultural de importancia, comenzando por crear un Premio que será discernido anualmente dos años consecutivos en pintura y uno en escultura.
La Fundación piensa recoger la experiencia acumulada durante muchos años por la Academia Nacional de Bellas Artes en certámenes semejantes, especialmente en el otorgamiento del Premio Palanza, que se convirtió en uno de los concursos de mayor significación por la escrupulosidad con que fue realizada anualmente la selección de los artistas invitados y la alta calidad de los que fueron distinguidos con el Premio a trabes del tiempo. Pero el Premio Alberto J. Trabucco ofrecerá una importante novedad. Será premio adquisición destinando la obra elegida todos los años como donación a un museo público o privado, nacional, provincial o municipal. Difundirá de esta manera la obra de los artistas premiados en las distintas regiones del país. La Fundación rinde con este motive un cálido homenaje a la memoria de don Alberto J. Trabucco, hombre modesto y sencillo que fue no solo uno de los grandes artistas de su generación sino que dispuso con generosidad poco habitual la creación de la Fundación para estimular y continuar su acción en beneficio de la cultura, especialmente de las artes plásticas.
Bonifacio del Carril Académico de Honor de la Academia Nacional de Bellas Artes 1993

ALBERTO TRABUCCO UN PINTOR DE LO INASIBLE
Como Bonnard, fue un solitario. Como Bonnard, busco la atmósfera que rodea a las formas, que define una figura, que sugiere la ingravidez del espacio. Quizá su obra ofrezca sesgos diferenciables en respuesta a épocas, a búsquedas de intención matérica, a alguna otra incursión de lenguaje más o menos determinante. Sin embargo, Alberto J. Trabucco es pintor con huella digital propia. Toda su obra, coherente y severa, responde a una intención develadora de formas que subyacen bajo formas; de pianos sutilmente contrapuestos; de figuras que están ahí, transparentadas, y que sin embargo constituyen cuerpos inasibles.
Pintor de temas determinados, traspone la virtualidad del motivo en sí ejerce en su medida el acuerdo y los contrapuntos de los valores plásticos. Le importa sugerir un retrato, un desnudo, alguna maternidad, vegetaciones y flores, escenas de la vida diaria y sobre tal presupuesto, las formas adquieren una temperatura propia.
Es el purismo que emana de las figuras de Trabucco, el juego de los blancos, la incorporeidad en fin de cada objeto, lo que conmueve, lo que incita a descubrir trasfondos. Un purismo cromáticamente ligado al mundo de los nabis (Vuillard, Denis, el ya citado Bonnard), que fluye de su paleta de gamas jamás saturadas, finamente dispuestas sobre el soporte. Colores que, desde el punto de vista matérico, serán posteriormente tratados en sus superficies con piedras pómez a lo largo de años para reforzar cierta sugerida cualidad de inmaterialidad del piano. Alberto J. Trabucco posee todas las bondades no solo intuitivas del artista autodidacta. Aborda así soluciones plásticas no convencionales, y aun sobre los riesgos del error; construye sus formas y las recrea una y otra vez hasta alcanzar la definición propuesta. Caballito de madera, una pintura de limpios enlaces, revela su notable capacidad para articular la gracia. Desayuno, otro óleo de significativa fuerza, va descubriendo, por zonas, los ensambles secretos de rosados, amarillos, blancos, ocres y apizarrados grises, que alcanzan una coralidad embargante. Mascarada y Al caer la tarde revelan su rigor compositivo, interpretado como si las formas se deslizaran una tras otra, en una sugerida transferencia de cuerpos.
En sus últimos anos, quizá por un sano inconformismo creador, Trabucco indagó otras propiedades hápticas de la materia. Sin desvirtuar su espíritu intimista, busco los contrastes de lo liso y lo rugoso, de lo áspero y lo terso, en un avance notable de investigaciones de arenas, carbonates y otros adicionales como el papel, al obediente orden del óleo. Dejo de elaborar una pintura aterciopelada, para introducirse en un universo táctil y a veces convulso. De contrastes. Son las obras, de dimensiones mayores, que do-no a la Academia Nacional de Bellas Artes y que, más que una acción testamentaria, equivalen a su ultimo fervor de expresión. Recoleto, propio, y sin embargo animado de renovados vitalismos, timbrado musicalmente en obras como Ofelia y La mujer del espejo.
La muestra-homenaje que ocupa hoy una sala del Centre Cultural Borges, no equivale sino a un testimonio de fe. Fe del artista, que construyo su propio universo sin urgencias, en la soledad de su taller, ajeno a vidrieras. Fe de su gesto de donante, que cifro en la posteridad la difusión y estímulo del arte argentino. Fe renovada de la Academia Nacional de Bellas Artes, que con el mandato del artista, y bajo los lineamientos de la Fundación que lleva su nombre, continua apoyando los valores creativos nacionales de jóvenes y maduras generaciones.
Jorge Taverna Irigoyen Presidente de la Fundación Alberto J. Trabucco (2003 - 2005) |
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