Homenaje a Alberto Prebisch a 50 años de su fallecimiento

Alberto Prebisch, el colega académico de cuyo fallecimiento se cumplen 50 años, fue uno de los indudables protagonistas del arribo y la difusión del movimiento moderno en nuestro país. Había nacido en Tucumán en 1899 —unos meses antes que Jorge Luis Borges, con quien compartiría encuentros y diálogos en los distintos ámbitos literarios y artísticos que ambos atravesaron.

Hijo de madre salteña y padre alemán, Prebisch integró una familia donde la cultura, el arte y la información científica tuvieron la presencia relevante que explica la proyección académica de los vástagos. De hecho, Juan fue rector reformista de la Universidad de Tucumán, mientras Raúl, economista de reconocido prestigio internacional, fue académico de Ciencias Económicas en nuestro país y en Estados Unidos, y Amalia, notable poetisa e historiadora, fue elegida delegada de nuestra propia Academia en Tucumán.

Alberto se recibió a los veintidós años en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires y, su multifacética actividad de arquitecto incluyó desde entonces un vasto catálogo de edificios —veinte residencias privadas, otros tantos departamentos y bloques de oficinas, tres bancos, siete cines en Buenos aires, Salta, Tucumán y Rosario, y varios locales comerciales— además de propuestas de urbanización, desde la pionera Villa azucarera en Tucumán que presentó con su compañero de estudios Ernesto Vautier en 1924, hasta su asesoramiento en el Plan Regulador de Buenos Aires cuarenta años después.

Fue profesor de Composición Arquitectónica en la Escuela Superior de Bellas Artes, crítico de arte en diversas publicaciones, entre ellas la reseña de la polémica exposición de Pettoruti en Witcomb, y firmante de posteriores artículos de las revistas “Martín Fierro” y “Sur”, donde afirmó su amistad y su coincidencia con las ideas de Victoria Ocampo (que le encargaría sendos edificios de oficinas en Chile al 1300 y Tucumán al 600). En esos años frecuentó la camaradería con Raquel Forner, Horacio Butler, Héctor Basaldúa, Juan José Castro y otros artistas con quienes intercambiaba ideales y proyectos, y con quienes compartiría luego los sitiales de nuestra Academia.

Junto con Victoria y el propio Castro fue miembro del directorio del directorio del Teatro Colón (1933) y asumió durante breves períodos la Intendencia de Buenos Aires (1962-3) y el Decanato de la Facultad de Arquitectura (1955 y 1968), si bien las circunstancias anómalas en que produjeron estos últimos los vivió —según confesó luego— como sendas desilusiones.

La intensa actividad de Prebisch como impulsor del movimiento moderno debe enmarcarse dentro del propio enfoque personal e intransferible, como el que cada uno de sus colegas —Acosta, ambos Vilar, Williams, Kurchan, Ferrari Hardoy, etcétera—, bebió las influencias y entendió las posibilidades del nuevo orden arquitectónico. Prebisch estuvo más cerca de Gropius que de Le Corbusier, siempre orientado hacia la sencillez geométrica, la legibilidad volumétrica, la satisfacción funcional y la rigurosa realización técnica; una ética perceptible entre la esencia y la apariencia constructiva, entre la forma y la función, entre la imaginación y la utilidad.

No hay duda de que sus años de producción arquitectónica más valiosa se dieron en la década de los treinta y que su obra más lograda fue el cine Gran Rex, de 1936/7. Apenas vuelto de su viaje a Estados Unidos, impresionado por la grandiosidad, la tecnología y el dinamismo de la arquitectura y el espectáculo neoyorquinos, el Gran Rex (un poco a la usanza del Radio City Hall) reúne las mejores características de la modernidad arquitectónica norteamericana junto a la austeridad de líneas, materiales y colores propios de las creaciones europeas, características que Prebisch integra en un conjunto de calidad excepcional.

Desde la dilatada horizontalidad de la fachada sobre la calle Corrientes, con el monumental encristalado enmarcado en un rotundo pero sencillo dintel, el interior sale al exterior al mismo tiempo que éste entra en aquel. Nada más claro, funcional y visualmente logrado que la estructura circulatoria que da paso a la sala, esa caverna grandiosa, despojada de ornamentos metáforas, que distraigan del espectáculo que se despliega allá abajo y hacia el cual todo converge.“Un cine es una pantalla, una sala y un hall” dirá Prebisch para definir su obra, en las antípodas de las decoraciones que plagaban los espacios ‘art déco’ del cine-teatro Ópera que Albert Bourdon estaba levantando justo enfrente.

A ochenta años de su inauguración, el Gran Rex sigue funcionando con las calidades y la frescura del primer día, mérito que no suele ser patrimonio de muchas arquitecturas públicas que llegan a ‘edades de riesgo’.

Más polémico resultó en su momento el Obelisco, dedicado a celebrar el cuarto centenario de la primera fundación de Buenos Aires, en discusiones que repitieron argumentos similares a los que motivó la erección de la Torre Eiffel y que tuvieron un desenlace similar cuando ambas lanzas colosales se convirtieron en íconos identificatorios de sus ciudades. El autor no se engañaba: “Debo decir que estoy completamente seguro del efecto final de mi obra y que ella por sí sola acabará con todas las objeciones”.

Prebisch no se ató nunca a las recetas de un ‘estilo internacional’ determinado; para él el resultado correcto de la arquitectura moderna radicaba ante todo en el sabio manejo de los materiales y las técnicas ´que en nuestra época son las del hierro y el hormigón, sin aditamentos que los desfiguren´. Y así lo hizo a lo largo de su vida, acercándose en los últimos años a programas más tradicionales, en ambientes rurales donde –siempre en volúmenes legibles y formas sencillas- se ve aparecer el ladrillo visto y soluciones vernáculas.

Conocí personalmente a Alberto Prebisch cuando era decano en mis años de facultad y lo crucé en algunos encuentros posteriores que tuvimos con quien entonces era su yerno, Luis ‘Tatato’ Benedit. Recuerdo su enhiesta presencia y cierta distancia ceremonial que se ablandaba en contacto con algunos delikatessen regados con la copa de vino, preferentemente tinto, que le coloreaba rápidamente las mejillas y destrababa su locuacidad. En su memoria, y porque pienso que estaba convencido de ello, transcribo unas palabras que dijo en sus últimos años: “Con conocimiento cada vez más afirmado, creo que la vida de cada cual sólo se justifica en tanto es útil para la vida de otros”. Oportuna consigna para orientar, no sólo la tarea de un arquitecto, sino la de toda persona de buena voluntad.

Alberto Bellucci

anba Agendaseptiembre2020

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